En algún momento, estaba profundamente enamorada de él. Los dos primeros años junto a él fueron perfectos; era mi primera relación y lo que sentía hacia él era inexplicable. Nunca antes me había imaginado estar con alguien tan maravilloso como él.
Amaba cada aspecto de él: su meticulosidad, su dedicación al trabajo, su admirable inteligencia. Aprendía algo nuevo de él todos los días. Pasábamos noches enteras inmersos en conversaciones existenciales, risas y amor. Él era sin duda el hombre de mi vida, el que yo ya había elegido.
Pero, ¿cómo pudo alguien tan perfecto (sí, lo sé, fui tan ingenua al pensar que era perfecto) convertirse en un auténtico cabrón?
No lo sé, sinceramente no tengo respuesta. Supongo que la típica frase «el amor se acaba» es verdadera. Su amor hacia mí se había desvanecido, pero yo era la única que no se había dado cuenta.
A pesar de las señales que el universo me enviaba, seguía siendo ciega, sorda y muda (como Shakira), porque mi mente solo pensaba en una cosa: «No podré encontrar a nadie más”. ¡Cómo pude ser tan estúpida!
Con el tiempo, me di cuenta de que él era manipulador, con una constante inestabilidad emocional que me hacía creer que yo era la equivocada. Literalmente me hacía dar vueltas, perdiendo mi rumbo, mi esencia y mi sentido. Era el perfecto cabrón.
Me llevó tiempo comprender que estábamos en una relación tóxica. Esa clase de relación que no nos hace sentir bien, que nos impide pensar con claridad, que nos domina, nos llena de incertidumbre y miedo.
Te preguntarás, ¿por qué una chica inteligente y con buenos sentimientos como yo permanecía en un lugar donde no merecía estar? Porque de alguna manera tenía esperanza de que las cosas cambiarán. Le tenía miedo a la soledad y convencía a mi mente de que solo era una época difícil.
Todas las relaciones atraviesan momentos de crisis que se superan si ambos están dispuestos a recuperar el amor. ¿O es que el amor no puede recuperarse?
Todo lo que pedía era reciprocidad, estabilidad y responsabilidad. Lo mínimo que merecen todas las mujeres, y lo único que yo pedía.
Un día, simplemente cansada, me dije a mí misma que no podía más. Lo enfrenté, y me enfrenté a mí misma. Sabía que iba a doler, pero en el fondo sabía que era lo que debía hacer. Le dije las palabras más duras que se pueden decir entre dos personas que alguna vez se amaron, y me fui. Sin decir nada, con el corazón en la mano, sabiendo que nunca volvería a ser la misma.
Me costó tiempo, esfuerzo, miedo, ansiedad y lágrimas reconstruirme. Hubo noches eternas en las que simplemente me culpaba a mí misma, lo culpaba a él o luego me odiaba hasta el punto de convencerme de que todo era mi culpa. A pesar de saber cómo eran las cosas, insistí en que podía cambiarlas.
A veces hay personas que no les importa destrozarnos el alma y dejarnos vacíos difíciles de llenar. No sé si ser la mujer del progreso fue mi evento canónico, o si es algo común en todas las mujeres para aprender a querernos y conocer nuestro verdadero valor.
Hubo momentos de rabia y rencor, y otros en los que simplemente lo extrañaba. Pero de alguna manera tuve que ser fuerte, porque después de la tormenta siempre llega la calma.
Después de años, comprendí que el amor no debe hacerte sufrir, sino hacerte feliz. La única forma de perdonarlo a él y a mí misma fue aceptar todo lo que había sucedido, cerrar ese capítulo y simplemente dejarlo ir.
Lo más importante de esta historia es que, a pesar de que el final fue duro, la decepción de una relación fallida me invitó a un nuevo comienzo. El dolor fue un regalo que me mostró lo fuerte y valiente que era. A veces, lo peor es lo mejor que nos puede pasar.

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