Esta es una historia especial, una que me llena de orgullo contar porque fue una etapa desafiante pero cargada de valiosos aprendizajes. Les voy a relatar cómo creé un personaje extraordinario del cual saqué muchas lecciones. Así es como surgió mi primer proyecto personal: La Chica de la Boina.
Hace exactamente 4 años, durante los tiempos de la pandemia, me encontraba en séptimo semestre de Mercadeo y Publicidad. Sin embargo, me sentía terrible. ¿Cómo era posible que, estando a mitad de carrera, me encontraba encerrada en casa? Como universitaria llena de aspiraciones, anhelaba desplegar en mi carrera, aprender de profesores, realizar mi tesis y participar en clases extracurriculares. Este era mi deseo, y el de cualquier otro universitario en busca de su vocación.
La pandemia para mí fue sinónimo de frustración, miedo, desesperación y agonía. ¿Por qué? Porque cuando estudias una carrera como Publicidad y Mercadeo (en mi caso, la he estudiado dos veces), es fundamental ser creativo. Pero ¿cómo podía ser creativa entre cuatro paredes, rodeada de un virus que asolaba todo a su paso?
No podía creer que una pandemia estuviera sofocando no solo a la sociedad, sino también a mi creatividad. No hay nada peor que privar a un creativo de su chispa creativa. Así que me vi obligada a buscar la manera de ser creativa en mi pequeño rincón entre cuatro paredes.
Recuerdo vívidamente que, durante ese semestre, tenía una asignatura que consistía en crear mi marca personal como proyecto final. Les juro que fue difícil, porque no quería que mi marca personal fuera simplemente mi nombre. Quería hacer algo diferente, algo que la gente notara y dijera: «¡Esa chica está dando lo mejor de sí!». ¿Cómo podría ser creativa si no había museos abiertos, ni cines, ni parques disponibles a menos que fuera mi día de pico y cédula? No podía ver a mis compañeros de la universidad, ni a mis amigos por temor a un contagio. ¡Maldita pandemia, la odié con toda mi alma!
Sé que algunos dirán: «Pero, Kari, tenías un computador e internet, podías explorar el mundo desde ahí». Sí, tienen razón, pero yo soy de las que prefieren explorar, sentir, ver y conectar con el mundo para ser creativa.
En uno de esos días aburridos, recordé que mi hermana me había regalado una boina. La contemplé y me pregunté cómo podía vincular esa boina conmigo. Siempre había visto que los artistas usaban boinas para pintar, crear y ver el mundo a su manera.
Recordaba mucho a Van Gogh, quien por cierto es mi artista favorito. No sé si es por el hecho de que pintó más de 300 pinturas y dibujos en Arlés, una pequeña ciudad al sur de Francia que le sirvió de inspiración para sus obras de arte, y el hecho de que la boina que yo tenía fuera francesa. ¡Boina, artista, Arlés, francés…! Puede que entiendan la conexión, o tal vez no, pero un creativo siempre busca relacionar todo de alguna manera y siempre cree que de las locuras nacen las mejores ideas.
Nunca fui de usar sombreros, nunca me sentí cómoda con ellos. Pero una vez que solté mi cabello y me puse la boina, me di cuenta de que me sentía como una artista. Mi boina no era solo un accesorio; era mi pluma, mi fuente de inspiración. ¡Así nació La Chica de la Boina!
Fue entonces cuando, después de inventar muchos nombres y encontrar el perfecto, empecé a planear la paleta de colores, el logo, el concepto y las fotografías en las que siempre usaría mi boina. Terminé comprando más boinas hasta tener un total de 14.
Orgullosa, presenté mi proyecto final y supe en aquel momento que esto perdudaría para siempre en mi corazón. Hoy en día, podría decirse que ya no soy La Chica de la Boina, sino que ahora me identifico como The Copygirl Chronicles. Sin embargo, La Chica no desaparecerá, ya que una parte de su esencia perdurará en The Copygirl. ¡Y sí, seguiré usando mis boinas!
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a este personaje que me ayudó a crecer. Ella fue testigo de mis risas, mis lágrimas y de cómo puse en práctica todos mis conocimientos de marketing digital y marca personal.

Deja un comentario