Sentir dolor es mi pasión

En el recorrido de mi vida, me he encontrado con el dolor en innumerables ocasiones. No es algo que busque ni anhele, pero de alguna manera, parece haberse convertido en mi compañero constante, en mi sombra más fiel. He navegado por los desafios turbulentos, emergiendo transformada pero aún en pie.

Las veces que he experimentado dolor son más que simples recuerdos; son capítulos marcados en el libro de mi existencia. Recuerdo el agudo dolor de mi primer amor, una experiencia que compartí en una entrada anterior de mi blog titulada «El perfecto cabrón». La sensación de ser traicionada, de ser desgarrada por dentro, aún palpita en mi corazón, recordándome que el amor no siempre es sinónimo de felicidad.

El rechazo, un sentimiento familiar. Durante mucho tiempo, fui víctima de la exclusión, ya sea por no cumplir con los estándares de belleza impuestos por la sociedad o por no encajar en el molde de lo que se considera «cool». Las miradas de desdén y las palabras hirientes moldearon mi percepción de mí misma de manera dolorosa y cruel.

Mi autoestima, un campo de batalla desde los días de la escuela hasta el presente. Las palabras crueles de los demás se convirtieron en un eco constante en mi mente, socavando mi confianza y dejándome con la sensación de no ser suficiente.

La muerte de mi abuela, una pérdida provocada no por la pandemia, sino por el implacable paso del tiempo. Su partida dejó un hueco en mi corazón, recordándome la fragilidad de la vida y la inevitabilidad de la partida.

La pérdida inesperada de mi mascota, un compañero leal cuya ausencia dejó un vacío insondable en mi vida. Su amor y su presencia reconfortante se desvanecieron, dejando atrás un eco de tristeza que aún resuena en los rincones más profundos de mi ser.

La pérdida del trabajo de mis sueños, un golpe al ego que me dejó preguntándome qué camino tomar a continuación. Sentí como si hubiera perdido mi brújula, perdida en un mar de incertidumbre y dudas.

La infidelidad, un golpe devastador que experimenté en carne propia por primera vez en mi vida. Fue como si el mundo se desmoronara a mi alrededor, dejándome en un paisaje desolado de desconfianza y dolor.

El diagnóstico de depresión y ansiedad, una carga que llevo sobre mis hombros como una roca pesada. Cada día es una batalla, luchando contra los demonios que acechan en las sombras de mi mente, buscando un rayo de esperanza en medio de la oscuridad abrumadora.

La soledad, un compañero silencioso que me acecha en la oscuridad de la noche. A menudo me siento como si estuviera navegando en un mar de personas, pero aún así, me ahogo en la sensación de estar sola, sin un puerto seguro al que llamar hogar.

A pesar de todo, he aprendido a abrazar el dolor como una parte intrínseca de mi ser. He aprendido que el sufrimiento no es un signo de debilidad, sino de fortaleza. Cada cicatriz que adorna mi piel es un recordatorio de las batallas que he librado, de las tormentas que he sobrevivido.

Sentir dolor es mi pasión, no en el sentido de que lo busque activamente, sino en el sentido de que reconozco su poder transformador. A través del dolor, he crecido y me he fortalecido. A través del dolor, he aprendido a apreciar la belleza efímera de la vida, a valorar cada momento precioso como si fuera el último.

Así que aquí estoy, de pie en el umbral del dolor, con los brazos abiertos y el corazón expuesto. Porque sé que, en última instancia, es el dolor lo que nos hace humanos, lo que nos conecta en nuestra vulnerabilidad compartida. Y en ese entendimiento, encuentro una extraña forma de paz.

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