Durante años, la idea de estar sola me aterraba. La soledad se convirtió en mi enemigo, una sombra que me seguía de cerca, recordándome que no tenía a nadie con quien compartir mis días, ni las risas ni las penas. Solía pensar que la soledad era sinónimo de vacío, de tristeza, de una vida incompleta. Y me aferraba a cualquier cosa, a cualquier persona, con tal de no enfrentarme a ese silencio abrumador. No importaba si esas personas me lastimaban, si me hacían sentir pequeña o me arrancaban pedacitos de mi alma; lo importante era que no estaba sola. Lo veía como una forma de protección, una forma de evadir el dolor que surgía al estar conmigo misma, al enfrentar mis propios pensamientos y emociones.
El proceso de aprender a estar sola no fue sencillo. Fue como desnudarme frente a mis miedos, y la incomodidad de ver mi reflejo sin adornos ni distracciones. Pero con el tiempo, empecé a darme cuenta de algo fundamental: la soledad no tiene que ser sinónimo de tristeza. De hecho, la soledad puede ser una compañera hermosa, una invitación a sumergirse en lo más profundo de uno mismo. Ya no siento miedo al silencio. Ahora me da paz, me ofrece espacio para respirar y reconectar conmigo. He aprendido a disfrutar de la compañía de mi propia alma, y me he dado cuenta de lo valioso que es tener tiempo para explorar quién soy, qué quiero y qué me hace realmente feliz.
Antes de este proceso de autoconocimiento, viví una gran parte de mi vida buscando la validación externa. Pensaba que el amor de otros sería lo que me completaría, que tener a alguien a mi lado me daría el sentido que necesitaba. Pero en lugar de encontrar lo que buscaba, caí en relaciones que solo me lastimaban, que me mantenían atrapada en dinámicas destructivas. En mi desesperación por no estar sola, aceptaba cualquier cosa, cualquier relación, sin cuestionar si realmente me aportaba algo positivo. Solo quería llenar ese vacío con presencias, aunque no fueran las adecuadas. Esos fueron algunos de los errores más grandes de mi vida, pero también me han enseñado lecciones valiosas.
Hoy puedo ver con claridad que el amor propio es la base de todo. Aprendí que no necesito a nadie más para validarme, que mi valor no depende de si tengo una pareja o no. La soledad me ha permitido sanar, reflexionar y crecer de maneras que nunca imaginé. He aprendido a disfrutar de los momentos a solas, a hacer cosas que me apasionan sin depender de la compañía de los demás. Me he reencontrado con mis pasiones, con mis sueños, con esos pequeños detalles que solía olvidar cuando vivía para complacer a otros.
La soledad ya no es una carga para mí. Ahora es una oportunidad para explorar, para cuidar de mí misma, para abrazar mis imperfecciones y amarme tal como soy. He aprendido a ser mi propia amiga, a encontrar consuelo en mis propios pensamientos y a ser mi propio refugio. Y aunque sé que las relaciones son hermosas y pueden enriquecer nuestra vida, he aprendido que primero debo estar bien conmigo misma para poder estar bien con los demás.

Deja un comentario