Hace dos años, recibí un diagnóstico que, aunque me explicaba mucho de lo que había sentido durante tanto tiempo, también me dejó con una sensación de peso: trastorno de ansiedad y depresión. Lo curioso de esto es que, al principio, pensé que al saber lo que tenía podría encontrar rápidamente una solución y dejar de sentirme como si estuviera atrapada en una tormenta constante. Pero pronto descubrí que lidiar con ello es un proceso continuo, y, en muchos casos, la batalla más difícil no ocurre en el exterior, sino dentro de nuestra propia mente.
Trabajo como copywriting, lo que significa que paso gran parte de mi tiempo inmersa en palabras, pensamientos y texto persuasivos. Esto, aunque es una parte que amo de mi vida, también me coloca en un terreno vulnerable. Las mismas habilidades que uso para crear y comunicar pueden volverse en mi contra cuando los pensamientos intrusivos deciden invadir. De pronto, esa voz interna comienza a cuestionar todo: ¿Eres lo suficientemente buena? ¿Estás haciendo las cosas bien? O, en los días más oscuros, aparece el cruel recordatorio de que “todo es en vano”.
Los pensamientos intrusivos son como pequeñas grietas que surgen sin previo aviso, convirtiendo una simple tarea en un campo de batalla mental. Imagina escribir un artículo, y mientras lo haces, una voz te susurra al fondo: “Esto no tiene sentido. Nadie lo va a leer. Esto es mediocre”. Esa voz no tiene pausa, y a veces me encuentro luchando por distinguir entre la realidad y las narrativas que mi mente construye.
Lidiar con estos pensamientos no ha sido fácil, pero, con el tiempo, he encontrado herramientas que me ayudan a gestionar esa tormenta interna. No se trata de silenciar la voz, porque cuanto más intentas ignorarla, más fuerte se vuelve. En cambio, he aprendido a mirarla con curiosidad y no con miedo.
Por ejemplo, cuando un pensamiento intrusivo llega, intento detenerme y analizarlo como si fuese un texto ajeno. Me pregunto: ¿De dónde viene esto? ¿Tiene alguna base real o es simplemente mi mente saboteándome? Casi siempre, la respuesta es que no tiene fundamento. Entonces, en lugar de pelear con el pensamiento, lo dejo estar, permitiéndole que pase, como una nube que atraviesa el cielo.
Otra herramienta que ha sido fundamental es escribir. Para alguien que trabaja con palabras, esto puede parecer redundante, pero el acto de escribir mis pensamientos sin filtro, solo para mí, es terapéutico. Me permite despejar mi mente y ver las cosas con mayor claridad.
El autocuidado también juega un papel vital. No me refiero solo a las actividades que vemos en redes sociales, como tomar un baño caliente o encender una vela (aunque son geniales). Hablo de cuidar mi mente como si fuese un jardín: selecciono qué pensamientos riego y a cuáles dejo marchitarse. Esto incluye practicar la gratitud diaria, aunque a veces solo sea por pequeñas cosas, como haber terminado un proyecto o haber tenido una buena conversación.
También he aprendido a hablar de mi experiencia. Al principio, sentía que admitir que estaba luchando era un signo de debilidad. Ahora entiendo que compartir mis vivencias no solo me libera, sino que también ayuda a otros que podrían estar enfrentando lo mismo. Hay un poder inmenso en conectar con otros y saber que no estamos solos en nuestras batallas.
Si algo he aprendido en estos dos años es que mi mente puede ser tanto mi enemiga como mi aliada. Hay días en los que parece que todo está en mi contra, pero también hay momentos en los que veo la fuerza que he desarrollado gracias a esas luchas. Aprender a convivir con mi mente, en lugar de intentar vencerla, ha sido un cambio de perspectiva que me ha permitido avanzar, aunque sea un paso a la vez.
Y si tú, que estás leyendo esto, también te enfrentas a tus propios demonios internos, quiero que sepas algo: no estás solo. Tu mente puede ser desafiante, pero también tiene el potencial de ser un espacio de sanación y creatividad. Dale tiempo, dale compasión y, sobre todo, dale la oportunidad de ser tu aliada.

Deja un comentario